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lunes, 14 de septiembre de 2026

Luchas finitas

Hace tiempo, durante un viaje en AVE, pasé un buen rato discutiendo por WhatsApp con una amiga. La conversación fue larga, como suele ocurrir cuando uno intenta matizar cada idea.

    De aquella charla me quedó grabado el reproche con el que cerró nuestra discusión, de forma amistosa. Según ella, los hombres —blancos, heterosexuales y cis, grupo en el que, por desgracia o por fortuna, me incluyo— «no veis el problema de las mujeres, los pobres y las personas racializadas».

    Quiero aclarar que, si fuera negro, homosexual o trans, estaría encantado de formar parte de ese grupo. Pero uno es lo que es.

    Las dos cosas que más me fascinaron de nuestra conversación fueron, por un lado, que todo lo que afecta negativamente a los hombres también parece ser culpa del heteropatriarcado y, por otro, que nuestras preocupaciones no deberían limitarse a nuestro entorno —que es lo que modestamente podríamos intentar mejorar—, sino abarcar el mundo entero.



    Para contextualizar: mi amiga cumple dos de las tres características por las que, según su argumento, los hombres blancos, heterosexuales y cis no empatizamos: aunque no es pobre, sí es mujer y, por su forma de hablar, se siente racializada. Esto significa que sus comentarios no hablaban de los problemas del mundo en general, sino de los suyos y de los de «su grupo».

    Sé que tiene amigos con problemas distintos y que es sensible a ellos: todo lo sensible que se puede ser cuando los problemas afectan a otros. Por ejemplo, nunca la he visto publicar un post en Instagram contra el cáncer de próstata.

    Pero lo que realmente me hizo gracia fue la frase final: esa exigencia de que los hombres blancos, heterosexuales y cis, aunque no seamos racistas, homófobos ni xenófobos, debamos preocuparnos por todos los problemas de grupos que no son los nuestros —venga, vale— y, aquí viene la joya, hacerlo desde nuestros privilegios.

    Y parece que, como «somos privilegiados», nuestros propios problemas —que los tenemos— no necesitan despertar empatía. Ni un gramo.

    Podría debatir si pertenezco al colectivo —hombre blanco, hetero y cis— con más privilegios del mundo. Legislativamente, no. Estadísticamente —esperanza de vida, posibilidad de acabar en la cárcel o asesinado, accidentes laborales, suicidios—, tampoco. Pero sí lo soy desde la percepción que domina hoy en redes sociales, discursos públicos, titulares y determinados grupos de opinión.

    Pero la reflexión que me quedó fue otra: ¿podemos —o debemos— luchar contra todas las injusticias?

    Mi respuesta es NO. Tenemos un número limitado de luchas por las que desgastarnos.

    Los días tienen veinticuatro horas y hay que decidir cómo invertirlas: con quién salir a cenar, si ir al gimnasio o jugar al pádel, con quién formar una pareja o qué problemas del mundo nos van a obsesionar.

    Y aquí —ya no hablo de mi amiga, sino de algo más general— aparece un fenómeno curioso: la superioridad moral de quien tiene una sensibilidad especial hacia un tema.

    Cuando reconoces que un problema es importante, pero no es el tuyo, y que ni piensas mover un dedo ni perder un minuto de sueño por él, la reacción suele ser de indignación.

    Te llaman machista, racista, sionista o lo que toque, simplemente porque no te importa especialmente ese asunto concreto, que no deja de ser uno más entre los millones de desgracias que suceden cada día en el mundo.

    Pongamos un ejemplo de actualidad —cuando escribí este post lo era; ahora que lo publico ya no tanto—: alguien está muy afectado por lo que ocurre en Palestina. Si tú dices que te preocupa poco, que desconoces las causas y que, por falta de conocimiento profundo del conflicto, prefieres no opinar, eres un monstruo.

    Pero a ese amigo tan sensible, que te mira como si fueras un Hitler de bolsillo, habría que preguntarle: ¿por qué le preocupa Palestina y no Ucrania? ¿O Darfur, que quizá ni sabría situar en el mapa? ¿O las personas sin techo de Barcelona, cada vez más visibles en nuestras calles? ¿O las tasas de suicidio masculino? ¿O el cáncer de próstata?

    Esos temas no le importan.

    O sí, un poco: con la misma intensidad con la que a mí «me importan» todas esas desgracias del mundo que no me afectan personalmente ni afectan a los míos. De rasquis.

    Y me parece perfecto que cada uno seleccione aquello por lo que quiere preocuparse —Palestina, los problemas de las personas racializadas o el cambio climático—, porque es imposible que te afecten todos los problemas del mundo sin convertirte en un auténtico amargado.

    Al final, la reflexión es muy simple: aunque todos los problemas son importantes, nuestras energías son finitas. Elegir dónde ponerlas no significa ser malvado ni indiferente; significa aplicar un principio básico de supervivencia.

    Dijo Morrissey que «la tauromaquia no es un problema importante… si no eres el toro». Lo suscribo y lo generalizo.

    Si quieres cambiar algo, primero tienes que decidir qué batallas puedes sostener. Y, si son cercanas, mejor.

    Me parece perfecto que cada uno elija sus propias batallas, aunque sean distintas de las mías. 

    Solo pido que no me miren por encima del hombro porque mis prioridades sean otras. 


   Si os ha gustado el post y queréis saber más del autor, os dejo mis 5 libros publicados con sus enlaces. 


Viajes Imposibles




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Mi primer amor era una bruja