Solo pronunciar la pregunta «¿Hay más gente que el año pasado?», supe cuál iba a ser su respuesta. «No. Si acaso, menos». La contestación venía de mi camarero favorito de Menorca. No recuerdo su nombre. Él sí el mío. Le pega José Antonio o José María y haber nacido en Cuenca o Salamanca. Si alguna vez supe esos detalles, los olvidé de forma tan profunda que creo no haberlos sabido nunca.
No fue un déjà vu, sino la certeza de haber oído esa misma frase, en la misma situación y de los mismos labios. Igual que no recuerdo su nombre, sé, fuera de toda duda, que estos pasos de tango ya los habíamos bailado. Al menos el año anterior. Quizá también hace dos.
Reflexioné lo justo sobre quién llevaba razón porque, aunque mi autoestima es alta, no pretendo saber más de flujos turísticos que un camarero con décadas de experiencia. Si él lo decía, sería verdad.
La frase pasó liviana a mi lado. No le di más importancia y seguí a lo mío. A leer, a escribir, a trabajar a ratos —teletrabajar dicen que se llama— casi siempre en Copas, mi chiringuito favorito con mi camarero favorito, cuyo nombre no recuerdo lo que me avergüenza. Lo llamaré José Antonio.
Al ser un animal de costumbres, en un par de días hice el tradicional Cala Galdana, Macarella, Macaralleta. Al llegar a Macarella vi el rótulo del chiringuito: «Susy». Recordé el nombre al verlo, pero me asaltó la duda de si, si me hubieran hecho esta pregunta en el rosco de Pasapalabra, «Con la S, nombre del chiringuito de Macarella», la hubiera acertado.
¿Me hubiera pasado como con el camarero y hubiera perdido mi millón de euros?
Bajé el último tramo de escaleras, traspasé el rótulo de Susy y llegué a la playa. Como siempre, me detuve unos segundos para mirarla como se mira a un viejo amigo que sigue estando estupendo, por el que no pasan los años. A pesar de ser un 15 de septiembre, me pareció que la ocupación era alta. Puse la toalla en un hueco en el que no hubieran cabido dos —ni toallas ni Fernandos—, temeroso de que alguno de mis improvisados vecinos me acusara de invadir su intimidad.
Y me reafirmé en mi frase. «Hay más gente que el año pasado». Esta vez no estaba José Antonio para llevarme la contraria.
Empecé un libro. Murakami, El elefante desaparece. Tardé un buen rato en darme cuenta de que se trataba de un libro de relatos. El primero y el segundo parecían ser un inicio de una novela y seguir una línea. El tercero me sacó de mi error. Me gusta cómo escribe Murakami: hasta le perdono que deje los relatos con finales demasiado abiertos. Me encantó Silencio. Siempre me han gustado las historias de boxeadores.
Levanté la cabeza, miré la cala —parte acuática— y me metí en el agua. Al salir, volví a fijarme en la gente en la arena. Intenté contar cuántas personas había, como si tuviera apuntado en el móvil las que se tostaban al sol un año antes. La primera vez, me desconté. La segunda fui consciente de lo absurdo de mis actos y abandoné. Pero doblé la apuesta. Lo dividí por grupos; ¿había más niños? ¿Más chicas guapas? ¿Más chicos cachas? Quizá, aguzando el oído, podía afirmar que argentinos e italianos sí que había más. Ninguna novedad si vives en Barcelona.
En Susy conseguí mesa pero no de las que me gustan, que estaban llenas. Punto a mi favor y a favor de la teoría del aumento de turistas. Leí más Murakami y escribí este relato, quizá contagiado por su forma de contar historias.
Entendí, poco a poco —escribir te ayuda a comprenderte— por qué cada año me parece que hay más personas en Menorca. Y por qué, con toda seguridad, el año que viene me parecerá que aún son más. En este caso, como en el noventa por ciento de lo que nos sucede, nuestra percepción tiene poco que ver con la realidad: la sensación de paz en una playa no se relaciona con si hay niños que lloran ni la de soledad con cuánta gente hay alrededor.
Menorca, para mí, no es solo una isla, es un concepto de octubre a septiembre. Algo que recuerdo todo el año como un remanso de paz, como mi momento, en el que la isla está vacía y es solo para mí. Disfrutando de mi soledad o de mi pareja. Donde no hay más personas, excepto José Antonio.
Pero la realidad no es una isla desierta. Menorca acoge a argentinos que reniegan al tropezar en el Camí de Cavalls, sin darse cuenta de que es ridículo hacerlo con chanclas, o italianos que ponen su música aunque en el chiringuito suene otra.
Mi mente, como si fuera una foto pasada por la IA, los eliminará. Dejará desierta la playa de Macaralleta mientras las gaviotas buscan alguna recompensa entre las toallas, solitario el atardecer de Cavalleria con ese gris azulado del agua cuando le dan los últimos rayos del sol y huérfanos de humanos los paseos por la playa en Arenal d’en Castell, con sus arenas rojizas y el agua cristalina. Construirá recuerdos de una perfección que no existe. Eliminará las impurezas de la realidad, entre ellas, todas esas personas que sobran y que, de año en año, hago desaparecer.
Un mecanismo de defensa que hace que desde octubre descuente meses de rutina y de trabajo y que, cuando acaba para todos el verano, piense que aún me queda una «bola extra» en forma de diez días de playa, sol y chiringuitos —medio— vacíos.
Y el próximo septiembre, mientras desayuno un bikini, un café largo y una Coca-Cola Zero, José Antonio me mirará y, con una sonrisa apenas dibujada, contestará a mi «Hay más gente que el año pasado» con un «No. Si acaso, menos».
Post dedicado a Emma, mi benefactora del mes de septiembre y mi amiga desde el 1 de enero al 31 de diciembre. ¡Eres la mejor!
Si os ha gustado el relato, ¡animaos con mi libro!
Os dejo el enlace.





