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jueves, 17 de septiembre de 2026

Si acaso, menos.

Solo pronunciar la pregunta «¿Hay más gente que el año pasado?», supe cuál iba a ser su respuesta. «No. Si acaso, menos». La contestación venía de mi camarero favorito de Menorca. No recuerdo su nombre. Él sí el mío. Le pega José Antonio o José María y haber nacido en Cuenca o Salamanca. Si alguna vez supe esos detalles, los olvidé de forma tan profunda que creo no haberlos sabido nunca. 

No fue un déjà vu, sino la certeza de haber oído esa misma frase, en la misma situación y de los mismos labios. Igual que no recuerdo su nombre, sé, fuera de toda duda, que estos pasos de tango ya los habíamos bailado. Al menos el año anterior. Quizá también hace dos.

Reflexioné lo justo sobre quién llevaba razón porque, aunque mi autoestima es alta, no pretendo saber más de flujos turísticos que un camarero con décadas de experiencia. Si él lo decía, sería verdad. 

La frase pasó liviana a mi lado. No le di más importancia y seguí a lo mío. A leer, a escribir, a trabajar a ratos —teletrabajar dicen que se llama— casi siempre en Copas, mi chiringuito favorito con mi camarero favorito, cuyo nombre no recuerdo lo que me avergüenza. Lo llamaré José Antonio. 

Al ser un animal de costumbres, en un par de días hice el tradicional Cala Galdana, Macarella, Macaralleta. Al llegar a Macarella vi el rótulo del chiringuito: «Susy». Recordé el nombre al verlo, pero me asaltó la duda de si, si me hubieran hecho esta pregunta en el rosco de Pasapalabra, «Con la S, nombre del chiringuito de Macarella», la hubiera acertado. 

¿Me hubiera pasado como con el camarero y hubiera perdido mi millón de euros?

Bajé el último tramo de escaleras, traspasé el rótulo de Susy y llegué a la playa. Como siempre, me detuve unos segundos para mirarla como se mira a un viejo amigo que sigue estando estupendo, por el que no pasan los años. A pesar de ser un 15 de septiembre, me pareció que la ocupación era alta. Puse la toalla en un hueco en el que no hubieran cabido dos —ni toallas ni Fernandos—, temeroso de que alguno de mis improvisados vecinos me acusara de invadir su intimidad. 

Y me reafirmé en mi frase. «Hay más gente que el año pasado». Esta vez no estaba José Antonio para llevarme la contraria. 


Empecé un libro. Murakami, El elefante desaparece. Tardé un buen rato en darme cuenta de que se trataba de un libro de relatos. El primero y el segundo parecían ser un inicio de una novela y seguir una línea. El tercero me sacó de mi error. Me gusta cómo escribe Murakami: hasta le perdono que deje los relatos con finales demasiado abiertos. Me encantó Silencio. Siempre me han gustado las historias de boxeadores. 

Levanté la cabeza, miré la cala —parte acuática— y me metí en el agua. Al salir, volví a fijarme en la gente en la arena. Intenté contar cuántas personas había, como si tuviera apuntado en el móvil las que se tostaban al sol un año antes. La primera vez, me desconté. La segunda fui consciente de lo absurdo de mis actos y abandoné. Pero doblé la apuesta. Lo dividí por grupos; ¿había más niños? ¿Más chicas guapas? ¿Más chicos cachas? Quizá, aguzando el oído, podía afirmar que argentinos e italianos sí que había más. Ninguna novedad si vives en Barcelona. 


En Susy conseguí mesa pero no de las que me gustan, que estaban llenas. Punto a mi favor y a favor de la teoría del aumento de turistas. Leí más Murakami y escribí este relato, quizá contagiado por su forma de contar historias. 

Entendí, poco a poco —escribir te ayuda a comprenderte— por qué cada año me parece que hay más personas en Menorca. Y por qué, con toda seguridad, el año que viene me parecerá que aún son más. En este caso, como en el noventa por ciento de lo que nos sucede, nuestra percepción tiene poco que ver con la realidad: la sensación de paz en una playa no se relaciona con si hay niños que lloran ni la de soledad con cuánta gente hay alrededor.

Menorca, para mí, no es solo una isla, es un concepto de octubre a septiembre. Algo que recuerdo todo el año como un remanso de paz, como mi momento, en el que la isla está vacía y es solo para mí. Disfrutando de mi soledad o de mi pareja. Donde no hay más personas, excepto José Antonio. 

Pero la realidad no es una isla desierta. Menorca acoge a argentinos que reniegan al tropezar en el Camí de Cavalls, sin darse cuenta de que es ridículo hacerlo con chanclas, o italianos que ponen su música aunque en el chiringuito suene otra. 

Mi mente, como si fuera una foto pasada por la IA, los eliminará. Dejará desierta la playa de Macaralleta mientras las gaviotas buscan alguna recompensa entre las toallas, solitario el atardecer de Cavalleria con ese gris azulado del agua cuando le dan los últimos rayos del sol y huérfanos de humanos los paseos por la playa en Arenal d’en Castell, con sus arenas rojizas y el agua cristalina. Construirá recuerdos de una perfección que no existe. Eliminará las impurezas de la realidad, entre ellas, todas esas personas que sobran y que, de año en año, hago desaparecer. 

Un mecanismo de defensa que hace que desde octubre descuente meses de rutina y de trabajo y que, cuando acaba para todos el verano, piense que aún me queda una «bola extra» en forma de diez días de playa, sol y chiringuitos —medio— vacíos. 

Y el próximo septiembre, mientras desayuno un bikini, un café largo y una Coca-Cola Zero, José Antonio me mirará y, con una sonrisa apenas dibujada, contestará a mi «Hay más gente que el año pasado» con un «No. Si acaso, menos».




 Post dedicado a Emma, mi benefactora del mes de septiembre y mi amiga desde el 1 de enero al 31 de diciembre. ¡Eres la mejor! 

Si os ha gustado el relato, ¡animaos con mi libro! 

Os dejo el enlace. 


Viajes Imposibles



lunes, 14 de septiembre de 2026

Luchas finitas

Hace tiempo, durante un viaje en AVE, pasé un buen rato discutiendo por WhatsApp con una amiga. La conversación fue larga, como suele ocurrir cuando uno intenta matizar cada idea.

    De aquella charla me quedó grabado el reproche con el que cerró nuestra discusión, de forma amistosa. Según ella, los hombres —blancos, heterosexuales y cis, grupo en el que, por desgracia o por fortuna, me incluyo— «no veis el problema de las mujeres, los pobres y las personas racializadas».

    Quiero aclarar que, si fuera negro, homosexual o trans, estaría encantado de formar parte de ese grupo. Pero uno es lo que es.

    Las dos cosas que más me fascinaron de nuestra conversación fueron, por un lado, que todo lo que afecta negativamente a los hombres también parece ser culpa del heteropatriarcado y, por otro, que nuestras preocupaciones no deberían limitarse a nuestro entorno —que es lo que modestamente podríamos intentar mejorar—, sino abarcar el mundo entero.



    Para contextualizar: mi amiga cumple dos de las tres características por las que, según su argumento, los hombres blancos, heterosexuales y cis no empatizamos: aunque no es pobre, sí es mujer y, por su forma de hablar, se siente racializada. Esto significa que sus comentarios no hablaban de los problemas del mundo en general, sino de los suyos y de los de «su grupo».

    Sé que tiene amigos con problemas distintos y que es sensible a ellos: todo lo sensible que se puede ser cuando los problemas afectan a otros. Por ejemplo, nunca la he visto publicar un post en Instagram contra el cáncer de próstata.

    Pero lo que realmente me hizo gracia fue la frase final: esa exigencia de que los hombres blancos, heterosexuales y cis, aunque no seamos racistas, homófobos ni xenófobos, debamos preocuparnos por todos los problemas de grupos que no son los nuestros —venga, vale— y, aquí viene la joya, hacerlo desde nuestros privilegios.

    Y parece que, como «somos privilegiados», nuestros propios problemas —que los tenemos— no necesitan despertar empatía. Ni un gramo.

    Podría debatir si pertenezco al colectivo —hombre blanco, hetero y cis— con más privilegios del mundo. Legislativamente, no. Estadísticamente —esperanza de vida, posibilidad de acabar en la cárcel o asesinado, accidentes laborales, suicidios—, tampoco. Pero sí lo soy desde la percepción que domina hoy en redes sociales, discursos públicos, titulares y determinados grupos de opinión.

    Pero la reflexión que me quedó fue otra: ¿podemos —o debemos— luchar contra todas las injusticias?

    Mi respuesta es NO. Tenemos un número limitado de luchas por las que desgastarnos.

    Los días tienen veinticuatro horas y hay que decidir cómo invertirlas: con quién salir a cenar, si ir al gimnasio o jugar al pádel, con quién formar una pareja o qué problemas del mundo nos van a obsesionar.

    Y aquí —ya no hablo de mi amiga, sino de algo más general— aparece un fenómeno curioso: la superioridad moral de quien tiene una sensibilidad especial hacia un tema.

    Cuando reconoces que un problema es importante, pero no es el tuyo, y que ni piensas mover un dedo ni perder un minuto de sueño por él, la reacción suele ser de indignación.

    Te llaman machista, racista, sionista o lo que toque, simplemente porque no te importa especialmente ese asunto concreto, que no deja de ser uno más entre los millones de desgracias que suceden cada día en el mundo.

    Pongamos un ejemplo de actualidad —cuando escribí este post lo era; ahora que lo publico ya no tanto—: alguien está muy afectado por lo que ocurre en Palestina. Si tú dices que te preocupa poco, que desconoces las causas y que, por falta de conocimiento profundo del conflicto, prefieres no opinar, eres un monstruo.

    Pero a ese amigo tan sensible, que te mira como si fueras un Hitler de bolsillo, habría que preguntarle: ¿por qué le preocupa Palestina y no Ucrania? ¿O Darfur, que quizá ni sabría situar en el mapa? ¿O las personas sin techo de Barcelona, cada vez más visibles en nuestras calles? ¿O las tasas de suicidio masculino? ¿O el cáncer de próstata?


    Esos temas no le importan.

    O sí, un poco: con la misma intensidad con la que a mí «me importan» todas esas desgracias del mundo que no me afectan personalmente ni afectan a los míos. De rasquis.

    Y me parece perfecto que cada uno seleccione aquello por lo que quiere preocuparse —Palestina, los problemas de las personas racializadas o el cambio climático—, porque es imposible que te afecten todos los problemas del mundo sin convertirte en un auténtico amargado.

    Al final, la reflexión es muy simple: aunque todos los problemas son importantes, nuestras energías son finitas. Elegir dónde ponerlas no significa ser malvado ni indiferente; significa aplicar un principio básico de supervivencia.

    Dijo Morrissey que «la tauromaquia no es un problema importante… si no eres el toro». Lo suscribo y lo generalizo.

    Si quieres cambiar algo, primero tienes que decidir qué batallas puedes sostener. Y, si son cercanas, mejor.

    Me parece perfecto que cada uno elija sus propias batallas, aunque sean distintas de las mías. 

    Solo pido que no me miren por encima del hombro porque mis prioridades sean otras. 


   Si os ha gustado el post y queréis saber más del autor, os dejo mis 5 libros publicados con sus enlaces. 


Viajes Imposibles




Tres caminos 


Una historia casi real


Mi primer amor era una bruja 




lunes, 20 de abril de 2026

Sense senyera, no és Sant Jordi

A vegades és molt difícil entendre les coses. Costa.
Un fa l’esforç de pensar que els que manen han de ser més llestos que un, que tenen una visió global que a tu, simple ciutadà de peu, se t’escapa.

A vegades penses que ni els del PP —anava a dir els de VOX, però no vull exagerar— s’haurien atrevit a tant.

A vegades penses que no cal que vinguin els de fora a fotre’t un gol, que ja t’ho fas tu solet.

I a vegades penses que caldria cremar-ho tot perquè despertin.

Aquesta és una d’aquestes vegades.


És cert que la publicitat institucional de vegades supera la ficció i que, en el fons, només representa el que pensen quatre exaltats que estan al càrrec de certs trossets d’institucions.

Les de la Mercè 2024 o 2025 en són dos bons exemples.

Nois de l’ajuntament: hi ha vegades que no cal ser trencador. No cal ser reivindicatiu cada dia.
O sí, però a vegades el que cal reivindicar —per exemple, per Sant Jordi— és precisament el que ja som.

Perquè Sant Jordi no és “el dia del llibre”.
Això és el que diuen a la resta d’Espanya.
Per a nosaltres no. És més. És molt més.

Qualsevol persona que hagi passejat per Catalunya aquell dia ho sap: hi ha tres elements bàsics de la festa —el llibre, la rosa i la senyera—.

Treure la senyera de manera sistemàtica —des del 2016— és, directament, per fer-los fora de l’ajuntament.

I no, això no va de partits.
No va de nacionalismes.
Va de cultura. Va de no disparar-nos al peu. Va de no renunciar al que som.

Per què ho fan? Ni idea.

Però en una societat tan absurda en què ja no se celebra el Dia del Pare —perquè hi ha nens que no en tenen— o en què comencem a parlar de “vacances d’hivern” —no fos cas que s’ofenguessin els no catòlics—, se m’acut una teoria.

No molestar ningú.
Així de simple. I així de xorra.

Perquè jo no conec ningú —i tinc amics zero catalanistes, sud-americans, marroquins, italians i russos— a qui li semblés malament que aparegués la senyera en un cartell.

A ningú.

Així que penjaré aquest cartell a les meves xarxes.
Amb la senyera, com ha de ser. Amb orgull. 
Per celebrar com a nostra —inclusiva, festiva, catalana, romàntica i literària— una festa que admira tot el món.

Sant Jordi —amb senyera—no es toca. 

Una festa maravellosa malgrat els representants que tenim…



domingo, 8 de febrero de 2026

La cura del cáncer de páncreas.

Siempre me ha dado pereza leer de medicina fuera de lo que son revistas médicas. Cuesta encontrar un artículo decente en un periódico "de los serios" en los que los titulares suelen ser hiperbólicos para que la gente entre. Clickbait se llama a esto. Tu pones que Pepito descubre la cura de lo que sea y la gente marca el link. Y a facturar. O a conseguir millones de visitas en Insta o equivalente. 

En redes sociales es aún peor. Las cuentas que mi terrible algoritmo me recomienda suelen ser de supuestos médicos o enfermeras con pinta de no haber dormido en meses y subsistir a base de café o cosas peores. Gritan mucho y no dan ni una en general. Pero tienen decenas de miles de seguidores.

Si a eso sumas los que ya directamente habla de cualquier tema en televisión y de un cáncer con una mortalidad terrible como el de páncreas, tormenta perfecta. Bueno no, añadamos al gobierno del estado, que son unos ratas. La prensa "no zurda" ya tiene motivos para llamar a Pedro Sánchez "Perro Sánchez" por renovar antes a Broncano que darle 30 millones a Mariano Barbacid. 

Para el que tenga cinco minutos, quiera opinar de algo con un poco de información, y sea capaz de cambiar de opinión, os dejo este link de El País de un artículo que me parece muy acertado. 

https://elpais.com/ciencia/2026-02-06/la-verdadera-historia-detras-de-la-primera-terapia-efectiva-contra-el-cancer-de-pancreas-de-mariano-barbacid.html

En los titulares la noticia se ha contado como si se acabara de marcar el gol de la final de la Copa del Mundo en el último minuto. ¡Se ha encontrado la cura del cáncer de páncreas! ¿Se han vuelto locos? 

La noticia es buena. Muy buena. Pero conviene contarla bien. Sin tonterías y sin medias verdades que son mentiras. 

¿Qué se ha encontrado?

El equipo de Barbacid —un muy buen investigador— ha realizado una  combinación de tres fármacos (de patentes de otros laboratorio como Boheringuer, la "malvada" industria) que ha conseguido la regresión completa y duradera del cáncer en 45 ratones, hasta 200 días de seguimiento. 

Esto, para una enfermedad especialmente agresiva, silenciosa y resistente, es un resultado científicamente relevante. Good news. 

Pero, ¿qué queda hasta llegar a los pacientes? 

Estamos  en lo que se llama fase preclínica: laboratorio, cultivos celulares y animales. Nos dice si tiene sentido biológico o estamos perdiendo el tiempo. Cuando la respuesta parece ser “sí”, entonces —y solo entonces— empieza el viaje largo, caro y bastante ingrato de los ensayos clínicos en humanos. Vamos por fases. 

Fase I: seguridad en humanos. Aquí no se busca curar a nadie. Se busca algo mucho menos épico y mucho más importante: seguridad.¿Qué dosis puede administrarse sin provocar toxicidad grave? ¿Qué efectos secundarios aparecen? ¿Son asumibles o directamente inaceptables?

En oncología, este punto es especialmente delicado. Por ser tratamientos agresivos con muchos posibles efectos secundarios. Que un estudio de Fase I sea “exitoso” suele significar que los pacientes lo han tolerado de forma aceptable. Sin más. Y no, no somos ratones. 

Fase II: seguridad y eficacia. Pocos pacientes en los que mira si el tratamiento es seguro y eficaz. Si  el tumor responde de verdad y se tolera. Se busca la dosis eficaz. Otro paso. 

Muchos fármacos prometedores mueren aquí. No porque no hagan nada, sino porque lo que hacen no compensa el peaje en toxicidad. Y esto no es frialdad médica; es ética. No todo vale por unas semanas más de respuesta radiológica.

Fase III: de eficacia. Ya comprobada la seguridad se hacen ensayos con mayor número de pacientes y se mira si realmente son resultados buenos. Y a largo plazo. Auqnue no duelen durar tanto tiempo, un tumor "se cura" cuando estamos 5 años sin saber nada de él. 


Entonces el fármaco ya puede salir a la calle. 

Y no, no vale hacerlo mucho antes porque no hay terapia alternativa. Lo siento. Por seguridad del paciente. Las farmacéuticas estarían felices. 

¿Posibilidades de que esto pase? 

De cada 100 tratamientos oncológicos que muestran resultados prometedores en Fase I, solo entre un 5 y un 10% llegan a convertirse en terapias aprobadas y disponibles para los pacientes. 

¿Cuánto falta? 

Lo que más me ha llamado la atención de lo que le he oído a Barbacid —que ha bailado en el alambre entre lo que ha dicho, el cómo lo ha dicho, y lo que ha insinuado— es lo de que faltan un par de años para que lleguen a las personas. 

Desde hoy, si empezaran el Fase I, podéis contar unos 8-10 años. Fase I entre 1 y 2 años. Fase II entre 2 y 3 años. Fase 3 entre 3 y 5. Mas el "tiempo extra" regulatorio que en Europa es un drama.

O sea, nada de 2 años. 

Ahora hablemos de dinero. ¿Cuánto va a costar si todo sale bien? 

 ¿30 millones de euros dijo Barbacid? ¿En serio? Va a ser que no. Los precios son mucho más caros. Así, a bote pronto, hablamos de cifras por encima —muy por encima —de 100 millones. 

Si seguimos hablando de dinero —lo saco del artículo de El País — "El grupo de Barbacid ha dispuesto de casi 11 millones de euros de dinero público, tanto nacional como europeo, desde 2018, según el CNIO. Casi el 66% de su financiación es pública. CRIS contra el cáncer le ha dado unos dos millones de euros desde 2020". Vamos, que pasta se la ha dado. ¿Poca? Seguramente. Pero no creo que tenga que ver con lo que se le paga a Broncano.... 

Además Barbacid es cofundador de Vega Oncotarget. que busca sus propios fármacos y tiene sus propias patentes. Que me parece muy bien. Peor también hay que explicar los conflictos de interés. 

La investigación de Barbacid se ha sostenido durante años gracias a una combinación de financiación pública y privada: fondos institucionales, fundaciones, donaciones y colaboraciones con la industria. Esto no es una rareza ni un escándalo: es la norma en la investigación biomédica actual, especialmente en cáncer.

También me parece estupendo que haya donaciones para investigar —llevan recaudados más de 3 millones— pero contando las noticias como son. 

Para concluir 

El tratamiento triple descrito parece —no soy un experto pero por lo que he leído tengo esta sensación —prometedor, sólido desde el punto de vista biológico y digno de atención. Pero aún tiene que demostrar que no hace daño al humano y que puede sostenerse en pacientes reales, con cuerpos reales y efectos secundarios reales.

Faltan entre ocho y diez años y 100 millones para que esto pase. 

Celebremos la noticia, sí. Con prudencia. Con respeto por los pacientes. 

Y sin titulares triunfalistas. Un cero de nuevo a El Hormiguero y a todos los comunicadores del país por jugar con la esperanza de pacientes y familiares. No es justo 

Dos adendas. 

La primera. Cuando alguien hable de ciencia "googleadlo" para saber si la toca o no. Si yo hablo de Astronomía y veis muy curriculum... no cuela. Pues así con todo. Si pensáis que este post lo ha escrito un cahrlatán, lo mismo. 

La segunda. Si sois lectores y os ha llamado la atención lo de los Ensayos Clínicos os dejo el link a mi libro Tres Camino. Combina mi trabajo —medicina interna, ensayos clínicos — con mi otra pasión, escribir. Lo pasaréis bien  —espero—y aprenderéis algo más de este apasionante mundo de la Investigación y los Ensayos Clínicos. Spolier: Seldon es buen tío... 


Tres caminos