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miércoles, 22 de abril de 2020

"Lo que sucedió tras la muerte de mi madre". Feliz Sant Jordi 2020.

Este año llega un Sant Jordi extraño, el Sant Jordi del coronavirus, el del confinamiento, el de no poder salir de casa a primera hora a comprar las rosas, el de no poder hacer la ruta para regalársela a mi hija, a mi madre y a mi pareja. El de no poder pasear por las calles buscando un libro que regalarle a alguien especial, o a ti mismo, que para algo conoces tus gustos literarios y te quieres mucho.

Un Sant Jordi triste, que casi nos coge, como tantas otras cosas este año, a traición, porque estar en casa encerrados un día (o cien) laborable es una cosa, pero que nos roben una de nuestras fiestas preferidas ya es pasarse.

Al parecer la idea era que en tres meses se hará una especie de fake St Jordi. Un 23 de julio nada más y nada menos. Puede estar bien, pero no será igual: los sucedáneos son siempre eso, malas copias con las que consolarnos.



Me sorprende el Sant Jordi del 2020 poco confinado y trabajando mucho y, lo confieso, sin haber hecho los deberes. Ya iba justo de plazos para que el libro estuviera listo y publicado el 23 de abril pero, con toda la locura del coronavirus, me he tenido que dedicar a "lo mío", que es la medicina, y no he conseguido cuadrar con la editorial todos los detalles que vienen antes de la salida del libro.  

Así que mi segundo libro, Lo que sucedió tras  la muerte de mi madre,  aunque ya ha ingresado en imprenta, totalmente acabado, no está disponible, ni por internet ni en librerías.

Pero me parece que este Sant Jordi virtual es ideal para presentarlo en sociedad y, ya que estamos, empezar con la pre-venta.

Si Mi primer amor era una bruja es un libro ágil y divertido, del que estoy aceptablemente orgulloso, con Lo que sucedió tras la muerte de mi madre se me cae la baba. Las críticas de las pocas personas que lo han leído me confirman que no es amor de padre (que también).

Sin caer en mucho spoiler, (¡qué difícil es hacer una sinopsis!) el libro habla de Lucía, que ve como cambia su vida radicalmente tras la muerte de su madre, Isabel, premio Nóbel de Literatura y con la entrada en su vida de Miguel, un viejo amigo de su madre que no conocía.

Es un libro sobre las relaciones humanas en todas sus variedades: madre-hija, pareja, amigos o compañeros de trabajo. Es una historia de amor pero que he intentando que no tenga, ni mucho menos un tono rosa, en que se mezclan mis dos pasiones: la medicina y la escritura.

En aproximadamente un mes estará listo, pero hoy, aprovechando Sant Jordi, lo pongo en pre-venta!!

Para los que queráis hacer una reserva solo tenéis que cumplimentar dos pasos: 

- Enviadme vuestra dirección postal al correo electrónico fercereto@gmail.com y os lo enviaré en cuanto llegue de imprenta!!!

¡No os cortéis si queréis una dedicatoria para vosotros o para el afortunado, si lo vais a regalar!

- Haced el pago (18 euros) a la cuenta de paypal: paypal.me/fercereto



Gracias a todos y feliz Sant Jordi!!!







miércoles, 8 de abril de 2020

Porque los muertos tienen nombre. Para Toni, Pablo, Tula y Víctor.

Se llamaban Pablo, Toni, Tula y Víctor.


Uno era un paciente que había visto hacía una semana para una revisión rutinaria, otro, nada más y nada menos que un compañero de los "de toda la vida" del hospital, la tercera la suegra de una amiga y el cuarto el padre de mi cuñada.

Todos fallecieron en menos de 48 horas y todos tenían nombre y apellidos. Y familia. Y ganas de vivir. Y sí, algunos eran "mayores" y, sí, todos tenían "comorbilidades" ¿Y?

Desde hace años todas las tragedias nos pillan a medio camino entre el morbo y la frialdad de las estadísticas. La prensa puede caer fácilmente en el sadismo, como vimos por ejemplo con las niñas de Alcácer, o pasar de puntillas entre la desgracia colectiva a base de convertirlos en cifras. En este caso, en el punto medio está la virtud. 

Acostumbrados como estamos a que la epidemia de coronavirus se cuente en decenas de miles de infectados y cientos de muertos diarios la frialdad de los números nos hace escapar del gran drama que vivimos. Y sí, los periódicos intentan compensar haciendo un esfuerzo por preparar reportajes en los que se pone rostro, nombre y apellidos a los fallecidos, con historias cotidianas y vidas parecidas a las nuestras o a las de nuestros allegados. Pero es difícil que esas elegías, por muy bien narradas que estén, nos conmuevan. No son de los nuestros. 

A los médicos, que somos humanos, nos pasa algo parecido. A pesar de que siempre nos duele que un paciente fallezca, no es lo mismo que se muera una paciente que has visto cinco días en planta o un paciente que controlas en la consulta desde hace diez años. Y no es lo mismo que el muerto sea un desconocido o un compañero y amigo.  

Desde el primer momento se ha intentado deshumanizar las crisis con dos conceptos: son viejos y/o con comorbilidades. Cómo si fueran vidas que no fueran dignas de ser prolongadas, casi como si fueran pacientes en muerte vegetal a los que solo hay que desconectar. Pues no, la mayoría eran personas razonablemente sanas, con sus años o su hipertensión. Pero nos resulta más fácil  deshumanizarlos. Más fácil y más práctico: porque como yo tengo menos años y no tengo ninguna enfermedad, no me pasará a mi. 

Sobre la edad dejo un artículo magistral, el "Viejos muertos de miedo" de Elvira lindo. 


El concepto de comorbilidad les ha ido muy bien, pero no es lo mismo un paciente con cáncer en cuidados paliativos que ser hipertenso o tener sobrepeso. Cuando nos planteamos que muere un paciente con comorbilidades pensamos en pacientes con enfermedades crónicas, graves e incurables, con pronóstico de vida malo a corto-medio plazo, al que, si no fuera una infección por coronavirus hubiera sido una gripe la que, desgraciadamente, se lo hubiera llevado. Pero para las estadísticas, el que era hipertenso o al que le sobraban 5 kilos, también tenían comorbilidades.

Siempre que voy a un funeral intento fijarme mucho en el dolor de la familia porque me hacer recordar que, mi día a día es una lucha para que ese momento le llegue lo más tarde posible, no solo a mis pacientes, sino también a sus familiares, y que, cada vez que un paciente se va, aunque tenga noventa años, deja hijos y nietos que lo lloran. 


Así que para mi los fallecidos por coronavirus, además de ser 14.555 a día de hoy, no pueden ser solo un número: son también los nombres de Toni, de Tula, de Pablo y de Víctor. 

Y este es mi pequeño homenaje para Feixa (porque sí, lo llamábamos por el apellido, como en el cole) Te echaremos de menos.