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miércoles, 20 de abril de 2016

En Sant Jordi, un libro y una rosa para nuestras amadas.

Nuestras amadas se merecen lo mejor y en Sant Jordi debemos regalarles la preceptiva rosa que representa nuestra admiración hacia su belleza y un libro en señal de pleitesía a su cerebro. 


Regalar una rosa a una mujer y un libro a un hombre es sexista. Estoy seguro, sobre todo porque hoy en día todo es sexista, ergo esto también lo debe ser. Y como es sexista hay que cambiarlo. ¿Solución? Hay que regalarles un libro a las chicas (también) 

Yo, que soy un genio, un adelantado a mi época, un innovador, es lo que tiene ser una mente privilegiada que cuando salieron los teléfonos móviles sentenció "esto no tiene futuro", hace años que lo vengo haciendo. Pionero es la palabra exacta. 

Mi chica me insinuaba con una mirada, con un leve parpadeo o incluso con una mínima dilatación de su pupila que para el resto  de los mortales hubiera pasado desapercibido, que quería (también) un libro y yo corría veloz como una gacela a comprárselo, recorriendo todas las librerías de Barcelona, entrando en foros de lectores, escudriñando cualquier gesto de mi amada que me indicara cuales eran sus preferencias literarias. 

Si me comentaba algo de las relaciones entre EEUU y Rusia yo creía ver un guiño asimoviano, si me decía "podemos ir a Praga de fin de semana" la imaginaba en el sofá, medio desnuda (lo cortes no quita lo valiente), leyendo "La fiesta de la insignificancia" de Kundera, quizás levitando unos centímetros. Eran unos días cautivadores, llenos de referencias literarias en cualquier pequeño detalle de nuestro mundo juntos, en cualquier susurro, en cualquier caricia.




Pero comprar el libro perfecto era solo la mitad de este hermoso trabajo, de esta misión en busca del Santo Grial de la literatura. La dedicatoria que la luz de mi vida descubría al abrir la portada, única y romántica, pero no cursi, era el perfecto complemento que deslumbraba a mi amada, compitiendo con la perfecta armonía de su libro y su rosa. 

Conseguirlo no era fácil: repasaba los poemas de Bécquer, las declaraciones de amor del Don Juan de Zorrilla, los versos de William (versión original por supuesto), los veinte poemas de amor de Neruda y hasta a Miquel Martí i Pol, hasta que unos versos o, mejor, una prosa poética, brotaba de mi enamorado y enardecido corazón para que mi pluma lo plasmara en palabras. 



Como además de atento, cariñoso y adelantado a mi época soy por naturaleza dadivoso hasta me lancé a regalarle el libro digital. No recuerdo la dedicatoria con exactitud pero sé que contenía tanto sentimiento que fue capaz de conseguir que un regalo electrónico cobrara vida con el palpitar de mi corazón y compitiera en romanticismo con el papel escrito, más tangible, mas mundano. 

Evidentemente era una metáfora entre la infinitud del almacenamiento del libro electrónico y lo que esperaba que durara nuestro amor, una eternidad, todos aquellos episodios que compartiríamos juntos como capítulos de un interminable libro que sería nuestra vida en común, la mejor novela romántica nunca escrita, la nuestra. 

Y siempre recibía mi libro a cambio, también con unas magníficas dedicatorias, llenas de amor. ¡Qué bonito! 

Pero nunca recibía una rosa. 

Año tras año acababa Sant Jordi con el alma triste, con unos ojos llorosos que mi amada atribuía a mi felicidad, con un desasosiego que me recorría las entrañas, que me cerraba el estómago,  que me hacía temblar las piernas dejándome apenas andar, disminuyendo mis niveles de serotonina hasta las profundidades de las fosas oceánicas, negras y oscuras como mis presentimientos, casi sin ganas de consumar nuestro amor. Casi. 

Sorprendido, hice una encuesta entre otros románticos como yo: los dos Sergios, Antonio, Jordi, Raimon y tantos otros enamorados que se arrodillan con solo mencionarles el nombre de su musa y aprecié como mi desconsuelo no estaba solo, como mi desazón era hermana de la desazón de mi hermano, como el 24 de abril era el día en que los hombres no osamos mirarnos a los ojos, tristes e incapaces de reconocer el motivo de nuestra desdicha: nos falta nuestra rosa. 

¿Acaso las mujeres son sexistas? 

¿Acaso nuestras enamoradas no nos aman tanto como nosotros a ellas, no son capaces de entender que somos varones modernos, sensibles, románticos, apasionados y que estamos esperando año tras año que ellas valoren tanto nuestro corazón como nosotros valoramos su inteligencia? 


¿Creen que no sabemos valorar la suavidad de un pétalo de rosa, su fino tallo, el embriagador aroma que desprenden, la maravillosa metáfora del amor que representa contraponiendo la hermosura de su flor con el dolor que causan sus espinas? 

¿No será, simplemente que no nos veneran como nosotros a ellas? 








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